Mientras el uso de ayudas ha sido la excepción, y la competición entre deportistas ha estado regida por unas reglas visibles y aceptadas, el deporte ha mantenido su esencia. Pero desde que el deporte es un importante motor económico, político y social, se está instaurando un dopaje industrializado y globalizado que está cambiando la identidad misma del deporte. De la picaresca ocasional a la cultura establecida de hacer trampas mejor que el contrario, para ganar, que es lo único que importa. Una realidad a la que todos nosotros nos estamos acostumbrando sin ofrecer la resistencia y las soluciones debidas. Un trastorno cultural en toda regla.
Hay, al menos, tres repercusiones negativas achacables al dopaje:
1º.- Que es injusto. Porque facilita el éxito a los tramposos, y desmotiva al resto, forzándoles incluso a abandonar la práctica deportiva, o a caer esa misma actitud negativa. Si un ciclista realizara la mitad de su carrera agarrado al coche de su director, sería abucheado por todos… pero la trampa del dopaje no se ve, y sus efectos se aplauden.
2º.- Pone en riesgo la salud. Se consumen sustancias que alteran la respuesta fisiológica del organismo en el esfuerzo. Y se consumen a veces en dosis muy por encima de las seguras, y en combinaciones que aumentan aún más el riesgo de patologías y de muerte súbita. ¿Son evaluados estos posibles efectos en esfuerzo en los deportistas? No conozco ningún caso.



